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viernes, 26 de julio de 2013

Marcapáginas para el libro de mi vida

Hoy ha vuelto uno de mis hijos pródigos a casa. Se trata de un libro, claro. Yo voy dejando a mis hijos (los quiero como tal) en adopción, esperando que por un tiempo hagan felices a otros, pero que siempre vuelvan. En este caso ha tardado mucho en volver. Su madre adoptiva, mi amiga, cuidó de él durante un tiempo pero luego se dedicó a sus recién nacidos (es una gran lectora) y lo olvidó. Pero como yo no olvido a mis hijos, reclamé su custodia hace unos días, atendiendo a la lista de hijos prestados que llevo en mi smartphone. ¡Pues claro que llevo una lista! Un hijo es un hijo ;-) Cuando el libro ha llegado a mis brazos y tras el reencuentro inicial he visto que me traía un regalo. Escondido entre las últimas páginas, un papel amarillento que me ha hecho sonreír… ¡una entrada de un concierto de B.B. King! Es seguida he revivido la sensación de aquella noche: ese negro enorme hipnotizándonos a todos con su música. Me ha encantado revivir esa sensación, y yo sabía que un día la iba a revivir, porque ya hace años (muchos) que me dejo regalos a mí misma en libros que ya he leído: en ocasiones son entradas, y en otras marcapáginas.

No puedo resistirme a los marcapáginas: los cojo de las librerías cuando son gratis, los agradezco cuando los regalan en las ediciones de algunos libros, y me encantan los marcapáginas como reclamo de eventos –tengo unos chulísimos de una exposición de ilustradores de hace un par de veranos que aparecerán por algunos de mis libros en el futuro–. He regalado marcapáginas y me han regalado también. Y como tengo tantos, lo que más me gusta hacer es utilizarlo al leer un libro y luego "olvidarlo" en él. Así cuando reviso un libro antiguo o cuando vuelve alguno que he prestado, sé que guarda en su interior un pedazo de mi vida: aquella exposición, aquella edición de lujo que me di el capricho de comprar, aquél regalo…

El poder evocador de los marcapáginas de papel

Por algún motivo nos gusta revivir épocas pasadas. Somos como los niños, que repiten aquello que les gusta por volver a sentir la misma sensación. Ahora pienso en el día que encontraré en uno de mis libros una entrada de aquel accidentado concierto de Madonna (a veces los recuerdos son más divertidos que buenos), o uno de los fabulosos marcapáginas de cartulina que ilustraron aquellos artistas, algunos muy buenos amigos míos y acariciaré ese papel que me gusta tanto...


jueves, 16 de mayo de 2013

El día en que me volví verde... o azul

Hace más de 5 que años que mi conciencia con respecto al planeta que habito cambió de manera radical. Fue gracias a la película Una verdad incómoda de Al Gore. Me dejó impresionada, tanto que cambió mis costumbres en un montón de tareas diarias. La película me dejó... incómoda. Al día siguiente tenía instalados en mi galería 3 cubos de reciclaje, empecé a ir andando al trabajo, para los trayectos largos cogía la bici y me hice con una de esas bolsas plegables tan monas para llevar siempre, siempre en el bolso. He dicho que cambié de manera radical y es cierto. Soy de las que abandonan sus arranques al poco de cogerlos como ley de vida. Pero en el caso del cuidado del medio ambiente, mis hábitos no han cambiado lo más mínimo desde hace cinco años. Podría contar un montón de cosas que hago, como reciclar carteles para envolver regalos (quedan genial!), pero también se me ha quedado alguna cosa en el tintero, como comprar un coche híbrido, y mira que George Clooney me convenció al instante cuando apareció en la gala de los Óscar con un Toyota Prius... pero bien, eso está ahí pendiente.

Etiqueta con el símbolo de recilcaje
Hace tiempo que me colgué la "etiqueta verde"

El color del medio ambiente. Del verde al azul

Cuando empezamos a oir hablar del cuidado del medio ambiente fue a base de oir el término ecología. De esto hace mucho más de 5 años... Mi primer contacto con este concepto fue la película La Selva Esmeralda de John Boorman, que denunciaba los estragos que se estaban haciendo con la tala de árboles en la selva amazónica y en consecuencia la agresión a los nativos de la zona. Lo de la ecología vino poco después. Entonces se asimiló el color verde, el color de los árboles, a ese término. Se planteó proteger los bosques como pulmones del planeta que son, reducir las emisiones de CO2... todo buenas intenciones que muchos ciudadanos acogieron y algunos gobiernos también.

Entonces llegó el turno a las empresas. Entre la proliferación de empresas jóvenes –lideradas por personas que han crecido con una conciencia distinta al consumismo desmedido–, y la visión de que mejorando la imagen de empresa podrían mejorarse las ventas, los equipos directivos se acogieron a programas de desarrollo sostenible. Otro concepto nuevo: desarrollo sostenible, que vino a reemplazar a ecología. Y el cambio de término conllevó un cambio de color; del verde al azul. Las empresas se acogían a Programas Azules de RSE (Responsabilidad Social Empresarial). Acciones como plantar un árbol para empresas consumidoras de papel o emisoras de CO2 a la atmósfera, dedicar un porcentaje del presupuesto anual a financiación de proyectos de interés social, son algunos ejemplos de las acciones que llevan a cabo algunas empresas, por suerte cada día más.

El color azul asociado a estos actos ha llevado a hablar de economía azul. Hablamos de la mejora de la imagen externa e interna de la empresa al asociarse a causas nobles, que incide en el aumento de sus ventas.

Si os interesa el tema, aquí os dejo unos enlaces para que profundicéis un poco más y deis un color a vuestra vida. Como decía Al Gore el esfuerzo individual de muchos es un gran esfuerzo. Y por supuesto, os dejo el vídeo de Una Verdad Incómoda: